PLASTIC WORLD

La vida en éste planeta es mucho más extensa de lo que parece.

Lo que hoy crees que es un simple producto para tu consumo y desecho tiene toda una vida detrás y, como toda buena historia, merece ser contada.

En un pequeño lugar llamado Plastic World, residen miles de partículas de plástico. Cada partícula tiene un nombre, familia, amigos. Tienen un ciclo de vida similar al humano: nacen, se desarrollan, se reproducen pero, a diferencia de los humanos ellas no mueren, ellas se transforman.

Cuando una partícula cumple su mayoría de edad, debe ser transformada en un producto para el consumo humano.

¿Algo triste no? Que el final de tu vida sea terminar sirviendo a un humano. 

Pero ellas no lo ven de esa forma. Desde que nacen son preparadas para eso. En la escuela les enseñan los posibles usos que tendrán al momento de su transformación además de su aporte a la humanidad.

Durante su educación superior se define el producto en el que serán transformadas.

Algunas partículas pueden tener transformación individual, pero otras son transformadas en grupo. Todo depende de las dimensiones del producto final.

En Plastic World existen muchas similitudes con relación al comportamiento humano así qué, la dañina injusticia que conoces también forma parte de su mundo.

Es por eso que los recursos económicos de las partículas tienen mucha influencia en la decisión respecto a su transformación.

Existen partículas muy pudientes que terminan siendo la correa de un lujoso reloj deportivo o un hermoso juguete coleccionable. Mientras tanto otras, de escasos recursos, terminan convertidas en bandas elásticas para el cabello, vasos desechables o incluso bacinillas. Esas terminan literalmente hechas mierdx.

Transcurría el último semestre de Preparación Superior para Transformación Final de la generación 2020 en la Universidad Central de Palstic World y todos presumían sus transformaciones, sabían su futuro pues tenían cómo pagarlo. Todos excepto Carlos.

Carlos había obtenido una beca por excelencia en calificaciones en su escuela secundaria, pero pertenecía a una familia de escasos recursos, por lo que la decisión respecto a su transformación dependía del Consejo de Asignación.

Pasados un par de meses llegó el día en el que finalmente les informarían a los estudiantes por egresar, cuál sería el producto en el que se transformarían, con el fin de que pudiesen especializarse en los últimos días de estudio y así cumplir cabalmente su nueva función en el mundo humano.

Carlos estaba preparado para cualquier cosa pues conocía muy bien el sistema de asignación y sabía que lo mejor sería aceptar la decisión en silencio.

Su desconcierto se hizo presente cuando, al ser llamado a la oficina, se le informó el producto en el que se transformaría: MASAJEADOR PARA CALVOS.

Nunca imaginó que ese sería su destino. Se había preparado para cualquier cosa, incluso para ser un cursi globo de corazón utilizable sólo en febrero e inmediatamente desechable, pero no tenía ni idea de cual sería su aporte a la sociedad humana al ser un inservible masajeador para calvos. 

La buena noticia era que sólo se necesitaba una partícula para el producto así que no tendría que compartir su desdicha con alguien mas.

Las otras partículas se regodeaban y le pedían a Carlos que no estuviese triste, que masajear la sudorosa cabeza de un obeso y borracho calvo por el resto de su existencia no estaría tan mal.

Carlos estaba deprimido, no aceptaba como después de forjar una carrera brillante y un expediente impecable el Consejo de Asignación lo había castigado de esa forma.

Hizo lo posible por impugnar la asignación pero le fue denegada la solicitud en repetidas oportunidades.

Finalmente Carlos desistió. Aceptó con resignación su transformación y esperó.

El día llegó. Carlos se despidió de Plastic World y junto al resto de las partículas fueron transformados.

Cuando despertó, estaba en una vitrina.

Pasaron días y Carlos rogaba no ser escogido cada vez que un caballero de escaso cabello se acercaba a echar un vistazo a la sección de "belleza".

No entendía su razón de ser, se preguntaba cómo podría compararce él con un peine, un labial o un estuche de maquillaje. Pero ahí estaba.

Quizá la suerte de no ser escogido se debía a que sus potenciales compradores preferían no atacar su masculinidad y evitar esa sección de la tienda.

Cierto día, una mujer de mediana edad con ropa blanca llegó a la tienda buscando específicamente masajeadores para calvos.

Carlos se preguntaba cuáles serían las intenciones de aquella mujer de frondosa cabellera considerando que, por razones obvias, no era para ella el producto.

La mujer compró una docena y entre ellos iba Carlos, intrigado de su destino.

Durante el camino, los otros masajeadores en la bolsa hablaron de su pasado. La mayoría no habían ido a la universidad, algunos incluso no habían estudiado nunca o habían estado en correccionales. Cada testimonio hacía sentir a Carlos más hundido y deprimido pero decidió no dejarse vencer por la tristeza, no otra vez. 

Llegó a un lugar de paredes blancas, con luz algo tenue y otras mujeres vestidas de la misma forma que su misteriosa compradora.

Los llevaron directo a un salón de aquel lugar y al llegar, Carlos se mostró sorprendido al notar que aquello parecía una convención de calvos.

Habían más de 10 personas de diferentes sexos y edades en aquel salón, todas sin cabello, conectadas a unas máquinas a través de una manguera introducida en sus pieles y con rostros de poca felicidad.

En ese momento, Carlos fue retirado de la bolsa y luego de una sacudida, fue por primera vez utilizado.

No entendía mucho aún, pero mientras sus patitas se extendían en aquel frío y delicado cuero cabelludo, y su usuario al igual que los otros en aquella sala sonreían mostrando alivio, entendió que su propósito en el mundo humano era mucho más trascendental que cualquiera que podría haber imaginado. 

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